También conocemos el autor de la reforma renacentista del Castillo, el arquitecto Juan de Badajoz “el Mozo”, que trabaja preferentemente para el obispo de León, Pedro Manuel, Hijo del promotor de la obra de Belmonte. Estamos pues ante una obra de autor que presenta características comunes con otros edificios como la citada Capilla de Peñafiel (azotea y escalera de caracol de Mallorca) la escalera de la catedral de León (lampeta del balcón) y detalles ornamentales comunes a la sacristía y el claustro de la catedral de León o la vecina iglesia de Villanueva de San Mancio.

Desde el punto de vista tipológico el castillo proyectado parece una fortaleza renacentista centroeuropea o más bien francesa, a la manera de algunas del Loira pero sin agua (no es descartable pero no tenemos pruebas que entre el castillo y la capilla empezada por Juan Manuel hubiera una pequeña laguna).

La plataforma entre la entrada y la torre tenía almenas hasta principios del siglo XX y ello hace pensar que el cuerpo palacial que debía arrancar en el hastial conservado, daba la vuelta a la Mota hasta la torre (hay mechinales en la cara de la puerta que sugieren el adosamiento de una construcción) dejando abierto a las vistas de poniente (a la laguna y a la capilla) el supuesto patio palacial. Además, al pie de la plataforma aparece el engarce de un arco (en la foto antigua estaba completo) de un muro que cerraba la zona de jardines.

Todo muy del renacimiento francés. Pero lo verdaderamente excepcional es el remate de la torre, un verdadero capricho en el que Juan de Badajoz no sólo está demostrando su virtuosismo como arquitecto y cantero (la estereotomía es impresionante) si no que parece por momentos que nos está tomando el pelo con continuos juegos de equívocos y apariencias. Tomándonos el pelo no tanto a nosotros como al promotor que  posiblemente quería un castillo medieval que Badajoz utilizó como pretexto para hacer un divertimento, “una folie” verdaderamente.

Es verdad que, si repasamos otras obras de Juan de Badajoz, como los contrafuertes volados y girados de Peñafiel o el arranque de la torre de Villanueva de San Mancio, se ve claramente que era arquitecto que se divertía mucho con detalles manieristas que esconden un profundo conocimiento tectónico.

Pero en el castillo de Belmonte, el tema le da para ir aún más lejos. Hay en el diseño de Badajoz una fuerte componente geométrica que le lleva, en una actitud casi moderna, a jugar con volúmenes y con las maclas de éstos. La escalera de comunicación del sótano es un cilindro de suelo a techo independiente del cuerpo de escaleras prismático con el que macla, y las garitas cilíndricas de las cuatro esquinas son “heridas” por la cornisa que remata los modillones incrustándose y apareciendo en la esquina en una macla que cómo cada esquina es ligeramente distinta en alineación, deja ver claramente la intención del encuentro.

Un corte previo del parapeto antes de atacar la garita (que no aparece en todas las caras) marca aún más el volumen cilíndrico.

No acaba aquí el juego de las garitas ya que cada una contiene una escalera de “caracol de Mallorca” con su pasamanos labrado en la pared. La escalera sirve teóricamente para subir a la azotea de cada garita, que tiene  matacanes, pero nunca tuvo almenas. Sin embargo, si uno intenta subir descubre que para salir a la desprotegida azotea hay que hacer casi contorsionismo y arriba no hay donde quedarse. Son pues cuatro escaleras bellísimas que realmente no suben a ninguna parte. Igualmente, todo el parapeto es un juego. Los canes sobre el que vuela son realmente un entablamento clásico cortado en rodajitas y la cota marcada en el exterior con cornisa y gárgolas no se corresponde con la cota real de la azotea, que
se sitúa bastante más arriba y evacua por una segunda fila de gárgolas que asoman visualmente a mitad de parapeto y simulan ser cañones.

La azotea, toda ella de losas de piedra engarzadas con rebajes, está surcada por unos bellísimos canales que resuelven todos sus encuentros y cambios de direcciones en una sola pieza y van engatillándose a fin de garantizar su estanqueidad. En las obras recientes hemos podido comprobar uno de sus detalles más singulares: Las gárgolas que aparecían en la cornisa sobre los modillones y que podrían haber sido de pega, para fingir el efecto de un parapeto mayor desde el exterior, resulta que son de verdad y tienen hueco por el que desde el interior podría salir el agua.

Podemos suponer que nadie se toma la molestia de hacer gárgolas y conductos de verdad si no son prácticos (aunque con las escaleras no se cumple este principio) y en anteriores estudios habíamos sugerido la posibilidad de que se tratase de un segundo sistema de evacuación de aguas que evitara las filtraciones en la bóveda. Como quiera que la bóveda tiene importantes filtraciones entender cómo funciona este sistema se había convertido en un objetivo prioritario de estudio, en la obra se encontraron los conductos que en los vértices del canal superior conducían a las gárgolas inferiores.

Aunque los canales superiores no tienen conexión, no sabemos si hubo un cambio de proyecto o se dejó una recogida de aguas enterrada para llevarse las filtraciones. El caso es que las pendientes coinciden y la milagrosa conservación de la bóveda al arruinarse la azotea sólo se explica porque el segundo sistema ha funcionado razonablemente bien.

Es curioso que este sistema de drenajes bajo el pavimento con gárgolas en la cota inferior es el que utilizan para evacuas terrazas sobre bóvedas a prueba de bomba en las fortificaciones del XVII. No tenemos tampoco referentes externos que nos permitan estudiar otros ejemplos coetáneos.
La capilla que Juan de Badajoz hace en Peñafiel también tuvo terraza plana, pero hace años que le pusieron una cubierta encima y el único referente coetáneo que conocemos, las bovedillas en los hombros de las bóvedas del castillo de l’Áquila, obra del ingeniero Luis Escrivá en 1535, tenían por función principal ser un refuerzo contra los bombardeos (y los terremotos) cuestión no aplicable a Belmonte.